dissabte, 12 d’agost de 2017

Los refugios subterráneos de Almería

http://www.lamarea.com/2017/08/08/los-refugios-subterraneos-de-almeria/



La infraestructura, abierta al público en la ciudad andaluza, fue capaz de albergar a 40.000 personas durante los bombardeos de la Guerra Civil.
08 Agosto 2017
09:39
Los refugios subterráneos de Almería
Refugio de Almería
Artículo publicado en #LaMarea51, a la venta aquí.
ALMERÍA // Miles de turistas atestan estos días las terrazas de los cafés y restaurantes de la céntrica Plaza Manuel Pérez García de Almería. Pocos saben que tienen delante la entrada principal del refugio subterráneo abierto al público más grande de toda Europa. Aviones nazis, italianos y del bando sublevado bombardearon la capital almeriense en al menos 52 ocasiones durante la guerra civil. De ahí que muchos historiadores se refieran a la ciudad como la Gernika del sur, aunque en aquellos ataques también participaron buques de guerra, con igual o mayor capacidad destructiva.
Al inicio de la contienda, las autoridades republicanas no previeron la magnitud del problema. Prueba de ello es que tardaron semanas en apagar las luces durante la noche para que no sirvieran de guía a la aviación fascista que llegaba a Almería bordeando la costa republicana. Al tercer bombardeo, cuando ya habían transcurrido seis meses de aquella guerra fraticida, los almerienses se unieron como nunca antes lo habían hecho para construir un laberinto subterráneo de galerías y túneles de 4,5 kilómetros de distancia.
Las obras comenzaron en enero de 1937. Hombres y mujeres sacrificaron sus domingos y festivos para agujerear el subsuelo almeriense, a nueve metros de profundidad, con el objetivo de ponerse a salvo cuando los obuses llovían del cielo. También se emplearon peones –cobraban en torno a diez pesetas por día de trabajo– y funcionarios. La infraestructura no estaba terminada cuando el 31 de mayo del 37 un escuadrón aéreo alemán devastó la ciudad: murieron más de 40 personas, hubo al menos 150 heridas y 200 edificios de Almería capital quedaron dañados o en ruinas. Tras ese ataque y con la escasez apremiando, los almerienses aceleraron las obras, de cuya planificación se encargó el arquitecto Guillermo Langle.

Aquel esfuerzo conjunto creó un espacio capaz de albergar a 40.000 personas. “Había 101 bocas de acceso distribuidas por la ciudad, 67 en las inmediaciones del Paseo de Almería”, cuenta Antonio Jesús Artero, el joven guía que acompaña a los visitantes y narra con pasión la historia de estos refugios. “Desde cualquier punto de la ciudad, en menos de cuatro minutos, los ciudadanos podían estar abajo”. Ese era el tiempo que transcurría desde que sonaban las sirenas hasta que caían las primeras bombas.
Las entradas estaban reforzadas para amortiguar el efecto de las ondas expansivas. Un ingenioso sistema de galerías de ventilación permitía mantener el nivel de oxígeno en sus estrechos pasillos de piedra maciza (1,30 metros de anchura), aunque no lo suficiente como para mantener las velas encendidas o permitir que se fumase. Un quirófano, un almacén de víveres, cocina despensa, kilómetros de túneles con bancos corridos… El refugio de Almería es una obra maestra de la ingeniería y la arquitectura, erigida en la escasez de la guerra y contrarreloj, aunque también hubo fallos notables.

La arquitectura del miedo

Ahora el suelo del recorrido abierto al público es de cemento, pero en su día era de tierra –sigue siendo así en las zonas vetadas a los visitantes– porque olvidaron hacer servicios y esa era la única forma de permitir que la gente pudiera orinar durante los bombardeos, que podían alargarse varias horas. De este y otros detalles da cuenta el archivero e historiador Eusebio Rodríguez Padilla, que acaba de publicar Los refugios de Almería: la arquitectura del miedo. Costaron 4,5 millones de pesetas de la época, de los que el gobierno republicano aportó dos a través de la Comisión Mixta de Refugios. Las investigaciones de Eusebio Rodríguez elevan a tres millones de pesetas la contribución realizada por los ciudadanos de Almería.
Isabel García solo tenía nueve años cuando su madre la llevó del campo a Almería después de que fuera arrestado su padre, que era guardia civil. Cuenta que la gente llegaba como podía, en albornoz o liada en una manta: “Era como meterse en una mina”. Isabel asegura que, a pesar del miedo y la tensión, la gente mantuvo la dignidad y en los estrechos accesos siempre gritaban “¡cuidado con los niños!” para evitar estampidas. Conserva dos recuerdos especialmente nítidos: el del sonido de “el toque de tranquilidad” –la sirena que anunciaba el fin del ataque aéreo– y el del gran bombardeo de la noche de Reyes, que precedió a la toma de Málaga y que fue el detonante para que miles de malagueños partieran hacia Almería por denominada “la carretera de la muerte”.

Un techo para ‘la desbandá’

Rodríguez Padilla afirma que hasta hace poco la historia del refugio quedaba relegada exclusivamente al plano oral, marginada por el Estado desde que Franco ganó la contienda y olvidada en los archivos militares. La historia de esta impresionante maraña de túneles está plagada de anécdotas, como el uso de iglesias y hasta de la Catedral de la Encarnación para ubicar entradas que se salvarían de las bombas, dada la cercanía de la Iglesia con los golpistas. Sin embargo hay un suceso que destaca entre todos. La historia del refugio almeriense confluye con uno de los episodios más siniestros de la guerra: la llegada de los refugiados en la popularmente conocida como la Desbandá.
El 7 febrero de 1937 comenzó la huida a pie de más de 300.000 personas desde la provincia de Málaga hacia Almería, por entonces aún bajo control republicano. Trataban de escapar del avance de las tropas franquistas, pero en el camino (lo que ahora es la carretera nacional N-340) la columna de civiles desarmados fue atacada por el triple bando fascista, por mar, tierra y aire. Entre 4.500 y 6.500 hombres y mujeres ajenas a la guerra murieron en aquella masacre. “Al principio estaba abierto porque llegó mucha gente de Málaga que no tenía dónde vivir, pero sucedió que cuando había un bombardeo estaba tan lleno que no podía entrar más gente”, explica.
Las autoridades republicanas decidieron entonces crear la Delegación de Evacuación, que construyó una nueva galería en el subsuelo y añadió un quirófano para atender a la gente llegada desde Málaga. Meses después se cobijó a algunos en la Escuela de Bellas Artes y se pusieron cancelas en las entradas del refugio subterráneo, pero hubo problemas: durante los bombardeos nocturnos no aparecían las llaves. Sustituyeron las verjas por guardas, pero tampoco se les localizaba con facilidad cuando volvían a llover las bombas.
El libro de Eusebio Rodríguez cita un acta municipal del 15 de septiembre de 1937 que da cuenta de un fenómeno que pasó desapercibido: buena parte de los supervivientes llegados de Málaga que se cobijaron en las oscuras grutas del refugio de Almería se entregaron a “juegos y bailes”, un desahogo con aires de proeza en aquel mar de lamentos y angustia.
El refugio de Almería es ahora un museo interactivo abierto al público desde 2007 (se pueden reservar visitas a través de internet o por teléfono). Muchos supervivientes siguen recordando sus idas y venidas constantes a aquel laberinto subterráneo, aunque no todos se sienten fuertes para volver a visitarlos. Incluso hay familias que encuentran por sorpresa el nombre de sus padres y abuelos tallados en la piedra. La represión durante la dictadura logró enterrar el recuerdo vivo de ese pasado reciente, pero ni el miedo ni el tiempo pudieron con sus grutas de piedra maciza.

El incendio del Pazo de Meirás y el enigma del Goya que Franco quería regalar a Hitler

http://www.publico.es/politica/incendio-pazo-meiras-enigma-goya-franco-queria-regalar-hitler.html


La Comisión pola Recuperación da Memoria Histórica de A Coruña cree que el fuego que quemó el inmueble en 1978 pudo ser provocado para permitir a la familia del dictador sacar ilegalmente de España buena parte de las antigüedades y obras de arte que contenía

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Vista del exterior del Pazo de Meirás /Wikimedia
El 7 de abril de 1978 Carmen Polo, marquesa de Villaverde y duquesa de Franco, fue retenida varias horas por la policía en el aeropuerto de Barajas cuando estaba a punto de tomar un vuelo a Lausana. La única hija de Francisco Franco llevaba en el bolso dos kilos de oro y diamantes en monedas, broches y joyas. Habían pasado apenas dos años y medio desde la muerte de su padre, y sólo dos meses desde el misterioso incendio que se declaró en el Pazo de Meirás y que, según la familia, destruyó buena parte de las obras de arte y valiosas antigüedades que allí se conservaban.
Ese mismo año, en 1978, poco después de que a Carmencita la pillaran en Barajas con rumbo a Suiza y le requisaran el botín que pretendía sacar de España, el County Museum de Los Angeles vendió a un comprador desconocido una versión de La marquesa de Santa Cruzel cuadro de Francisco de Goya que Franco escogió para regalar a Hitler en la entrevista de Hendaya. La obra retrata a la marquesa tumbada sobre un canapé con una lira que lleva grabada una esvástica, y aunque cuando Goya pintó ese cuadro en 1805 la cruz gamada era un símbolo mitológico y faltaban muchos años para que los nazis lo convirtieran en anagrama del terror fascista en Europa, a Franco debió de gustarle la coincidencia.
El cuadro viajó a Hendaya, pero nunca llegó a manos de Hitler. Y la Comisión pola Recuperación da Memoria Histórica (CRMH) de A Coruña cree que puede estar entre las decenas de obras con las que el dictador decoró sus residencias, y que los Franco pudieron sacar de España tras aquel misterioso incendio en Meirás.
El 78 fue un año de casualidades relacionadas con los Franco y con el Pazo que el dictador ocupó en 1938
Lo cierto es que el 78 fue un año de casualidades relacionadas con los Franco y con el Pazo que el dictador ocupó en 1938, simulando un regalo ciudadano que se ejecutó robando tierras a unas doscientas familias del municipio coruñés de Sada, descontando dinero de las nóminas de funcionarios y exigiendo donaciones mediante amenazas y violentas coacciones a ciudadanos de toda la provincia.
“Toda la documentación sobre aquel siniestro está clasificada”, relata el investigador Carlos Babío. Es sadense y nieto de expoliados, y recuerda que en los días previos al incendio de Meirás, el pueblo contempló un inusual trasiego de camiones de carga, muchos de ellos militares. “Decían que era para trasladar madera de una tala, pero todos iban tapados con lonas y salían y entraban del pazo escoltados por soldados y guardias civiles”, narra.
La marquesa de Santa Cruz, de Francisco de Goya
Los Franco llegaron a hablar de un atentado terrorista, pero, oficialmente, el incendio se declaró por un cortocircuito en el sistema eléctrico. Aunque a Babío tampoco le encaja esa versión: “La instalación eléctrica había sido renovada hacía tres años, y los testimonios de los testigos afirman que el fuego tuvo tres focos simultáneos. ¿Tres cortocircuitos en tres lugares distintos? No parece muy probable”, explica.
El historiador reconoce que no se puede dar por hecho que el original de La marquesa de Santa Cruz estuviese en Meirás en el momento del incendio, porque, insiste, toda la documentación sobre esa época está clasificada. Pero de nuevo aparece el cúmulo de casualidades que alimentan su teoría de que podía formar parte del tesoro artístico que el dictador acumuló durante casi cuarenta años.
Goya pintó el cuadro en 1805, y hay quien asegura que también es autor de una obra similar que el County Museum of Art vendió, casualmente, en 1978. En ella la que la marquesa aparece con la lira y la esvástica, pero con una composición diferente y sin el rizado mechón de pelo que cae sobre su hombro. Las dos pinturas tienen números correlativos -496 y 497- en el último catálogo de la obra de Goya, el elaborado en 1970 por José Gudiol. Pero algunos expertos creen que se trata de una copia. O mejor dicho, de una versión, porque las diferencias entre ambas son demasiado evidentes como para pensar que alguien pretendía hacer pasar la imitación por el original.
Años después, se conoció el nombre del anónimo comprador de esa segunda versión de La marquesa: el dictador filipino Ferdinand Marcos y su mujer Imelda, con quien la esposa de Franco mantenía una excelente relación de amistad, y en cuya colección privada apareció el lienzo. Más casualidades.
"Lo que importa es que esa familia expolió durante años bienes ajenos y se benefició de actos ilegales"
En cuanto a la primera versión, sólo se expuso una vez en España, en 1928 en una antología que el Museo del Prado dedicó a Goya. Tras la entrevista de Hendaya, la historia cuenta que el cuadro fue adquirido por el banquero bilbaíno Félix Fernández Valdés. Pero no existe constancia de quién se lo vendió. Algunos testimonios afirman que lo compró a través de una galería londinense, y otras que la pintura pudo verse durante años en el palacio de El Pardo, la residencia de Franco en Madrid. Otras fuentes afirman que fue el propio Museo del Prado, que por entonces dirigía el pintor ferrolano Fernando Álvarez de Sotomayor, quien simuló aquella venta.
Sotomayor había sido director de El Prado desde 1922 hasta la llegada de la República, recuperó el cargo con la dictadura, fue designado alcalde de A Coruña en 1938, es decir el mismo año en que Franco se hizo con Meirás, y, además de compartir ciudad natal con él, mantenía una estrecha relación con el tirano, quien lo tenía por uno de sus pintores favoritos. Sus retratos del dictador y su familia aún cuelgan en algunas estancias del Pazo de Meirás. ¿Otra casualidad?
El rastro de la primera versión de La marquesa de Santa Cruz se pierde hasta principios de los años ochenta, cuando ya se sospecha que ha salido de España y cuando otros dos museos, el Paul Getty de Los Angeles y el Museo de Boston, advierten al Gobierno de que les han ofrecido el cuadro. El rastreo de las autoridades españoles da con él: su propietario es entonces un aristócrata y coleccionista británico, Lord Winborne, quien asegura haberlo adquirido en Suiza al comerciante español Pedro Antonio Saorín Bosch a través del marchante inglés Michael Simpson.
Cree que el incendio del Pazo en 1978 fue provocado y permitió a los Franco sacar valiosos originales de España y venderlos en el extranjero
¿Se lo compró Saorín a los herederos del banquero Félix Valdés tras su fallecimiento? ¿O a los de Franco tras el incendio de Meirás?¿Quién tenía realmente el cuadro? Preguntas sin respuesta. Pero la obra está a mediados de los ochenta en la sede londinense de Christie’s, que planea subastarla. España logra que un juzgado británico declare la ilegalidad de la salida de la obra del país, y Winborne acepta vendérselo a El Prado por 880 millones de pesetas.
Carlos Babío insiste en que no se puede afirmar que ninguna de las versiones de La marquesa de Santa Cruz estuviera en Meirás. Pero sí cree que el incendio del Pazo en 1978 fue provocado y que muchas de las obras que ardieron podrían ser copias, lo que habría permitido a los Franco sacar los valiosos originales de España y venderlos en el extranjero. “¿Que ese cuadro estaba allí? Puede ser. O no. Pero eso es lo de menos. Lo que importa es que esa familia expolió durante años bienes ajenos y se benefició de actos ilegales”, apunta.
A finales del 2008, la Fundación Nacional Francisco Franco (FNFF), que ahora se ha hecho con la gestión de las visitas al Pazo, declarado Bien de Interés Cultural, advirtiendo de que las usará para mostrar al gran público la “grandeza” del dictador, publicó en su boletín informativo un artículo en el que se refería al incendio con declaraciones de la hija de Franco: “En 1978 un incendio destruyó parte del edificio, aunque dejó intactas la fachada y la biblioteca. Carmen Franco aprovechó para reconstruir el Pazo y modernizar sus instalaciones, unas obras muy caras pagadas íntegramente por ella, sin ayudas ni subvenciones, al igual de como antes había rechazado ofrecimientos de la Xunta de Galicia a los Pazos históricos (...) Sobre las especulaciones que hablan de tesoros artísticos en el Pazo de Meirás, [Carmen Franco] ha dicho: «Sólo tienen valor un cuadro de Madrazo, y los retratos de mis padres y el mío pintados por Sotomayor, que son nuestros»”.
Para Babío y para la Comisión pola Recuperación da Memoria Histórica (CRMH) de A Coruña , sin embargo, no son especulaciones. Son demasiadas coincidencias, que, a su juicio cobran veracidad teniendo en cuenta el falsario relato que los Franco llevan años difundiendo para defender su propiedad del Pazo, argumentando que les fue donado libremente como regalo costeado por miles de coruñeses y por centenares de familias de Sada que perdieron sus casas, sus tierras, sus bienes y su forma de vida.
Por eso exigen que el Estado acabe de una vez con todo esto, que ilegalice la Fundación Franco, que recupere el Pazo para el patrimonio público sin pagar ni un euro a los herederos del tirano y que impida que se siga violentando la memoria de las víctimas de cuatro decenios de fascismo: “Una entidad así no puede estar a cargo de nada que tenga que ver con un Bien de Interés Cultural, y mucho menos gozar de una plataforma como el Pazo de Meirás para difundir el negacionismo que, lamentablemente, ninguna ley española ha podido castigar en estos cuarenta años desde la muerte del dictador”.

81 años del asesinato de Blas Infante, el 'Padre de la Patria Andaluza'

http://www.publico.es/politica/memoria-publica/franquismo-81-anos-asesinato-blas-infante-padre-patria-andaluza.html


El político andaluz fue fusilado la madrugada del 11 de agosto de 1936, tras el golpe militar contra la República, a las afueras de la ciudad de Sevilla. Murió gritando "¡Viva Andalucía libre!" frente al pelotón de fusilamiento. 

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Político, ensayista y notario andaluz Blas Infante
Blas Infante, el ensayista y político de cuyo asesinato se cumplen este viernes 81 años, ha pasado a la historia como el 'Padre de la Patria Andaluza'. Su pensamiento, que siempre ha ido de la mano de los republicanos y federalista del siglo anterior, no solo es conocido por su famoso "¡Viva Andalucía!", también se recuerda su "Mi nacionalismo, antes que andaluz, es humano". 
Infante nació en Casares, un pueblo de la provincia de Málaga. Estudió Derecho por libre mientras trabajaba en su pueblo, viajando a Granada para examinarse. Aprobó una oposición a notario, ejerciendo en varios municipios, lo que le llevó a conocer en profundidad Andalucía.
En 1918 participó en la Asamblea de Ronda, en la que se forjó el plan para lograr la autonomía política de Andalucía, y se aprobaron la bandera y el escudo propuestos por Infante para su tierra.
Al año siguiente,en 1919, se firma el "Manifiesto andalucista" de Córdoba, en el que se habla de Andalucía como una nacionalidad histórica dentro de una España federal. Blas Infante da la espalda a la dictadura de Primo de Rivera, y esta intenta silenciar al 'andalucismo'.
Durante la II República vivió en Coria del Río y se presentó sin éxito a las elecciones con un programa basado en el repudio al centralismo, rechazo al caciquismo y la exigencia de la reforma del sistema electoral, entre otros temas de peso.
Tras las elecciones de 1936 el movimiento andalucista logró un nuevo impulso, y en la Asamblea de Sevilla celebrada en julio de 1936 se nombró a Blas Infante como presidente de honor de la futura Junta Regional de Andalucía. Por esas fechas se presentó también en Sevilla el himno de Andalucía, con letra de Blas Infante.
Poco después el golpe militar contra la república provocó la guerra civil, y el 11 de agosto Blas Infante fue asesinado. Murió gritando "¡Viva Andalucía libre!" frente al pelotón de fusilamiento. Los franquistas aún tuvieron la desvergüenza de juzgarle cuatro años después en el Tribunal de Responsabilidades Políticas, que por supuesto le encontró culpable.